Tres servidores volvieron al Parque Obrera para compartir el amor de Dios, pero descubrieron que ellos también necesitaban escuchar Su mensaje. Una tarde de alabanza, oración y aprendizaje que les recordó que Dios no nos ha olvidado.
20 de agosto de 2026
Una semana después de nuestro primer encuentro oficial como SeamosLUZ, volvimos al Parque Obrera.
Esta vez éramos tres: Leonardo, Jaime y yo, Marco.
No llevábamos micrófono. Tampoco llevábamos instrumentos. La tarde sería diferente a la anterior. Más pequeña, más sencilla y, sin saberlo todavía, mucho más personal.
Llegamos alrededor de las 4:30 de la tarde.
El parque estaba lleno de personas y niños jugando. Mientras la vida continuaba a nuestro alrededor, nosotros comenzamos a compartir alabanzas y a buscar la presencia de Dios.
No necesitábamos mucho.
Solo nuestras voces, nuestra fe y el deseo de estar allí.
Una tarde de alabanza
Entre las alabanzas cantamos:
“Con sacrificio de alabanza, con júbilo y danza, alabaré al Señor. Desciende el fuego...”
También cantamos sobre creerle a Dios:
“Tu vida, Dios, cambiará; si puedes creer, su gloria verás.”
Y continuamos adorando:
“Yo te voy a adorar... porque para eso me hiciste, para adorarte.”
La alabanza fue tomando su propio espacio dentro de la tarde. También cantamos sobre ser templo del Espíritu de Dios, sobre pedirle que llenara nuestra vida, nuestra alma y nuestro ser, y sobre Jerusalén y las calles de oro y mar de cristal. No era simplemente cantar.
Era recordar por qué estábamos allí.
Una persona que necesitaba ayuda
En medio de la tarde se acercó una persona que se encontraba en situación de calle y que quería dejar de tomar.
Nos pidió ayuda.
Oramos por él y tratamos de encontrar una manera de ayudarlo. Incluso se habló de la posibilidad de llevarlo a un centro de rehabilitación.
Pero él no quería esa opción.
Quería recibir ayuda bajo sus propias condiciones.
La conversación se volvió complicada y finalmente decidió marcharse molesto.
Aquello nos dejó una enseñanza difícil: ayudar a alguien no significa que podamos decidir por esa persona.
Podemos escuchar.
Podemos ofrecer una alternativa.
Podemos orar.
Podemos tender la mano.
Pero la decisión de cambiar tiene que venir de la propia persona.
Después de lo ocurrido, también reflexionamos sobre algo todavía más importante: no podíamos permitir que el deseo de ayudar nos llevara a actuar sin discernimiento.
No toda puerta que se abre debe cruzarse.
No toda petición debe aceptarse sin pensar.
También necesitamos sabiduría para saber cómo ayudar.
El mensaje de Leonardo
Después comenzó una de las partes más importantes de aquella tarde.
Leonardo habló de Dios, de la fe, de las pruebas y de aquello que realmente permanece cuando todo lo demás desaparece.
Una de las ideas que más se repitió fue sencilla:
Dios está en control.
A veces miramos nuestras circunstancias y pensamos que todo se está desmoronando.
Pero Dios sigue siendo Dios.
Leonardo habló de Job y de cómo, aun después de perderlo todo, no dejó de reconocer a Dios.
Habló también de las cosas materiales y de cómo podemos pasar nuestra vida preocupándonos por lo que tenemos o por lo que nos falta.
Pero al final, nada de eso nos pertenece para siempre.
Podemos perder una casa.
Un trabajo.
Dinero.
Propiedades.
Incluso podemos perder muchas de las cosas que creemos indispensables.
Pero hay algo que el enemigo no puede arrebatarnos si permanecemos en Dios:
la presencia del Señor dentro de nosotros.
Esa fue una de las enseñanzas que más quedó en nosotros.
Una fe que se atreve a creer
Leonardo nos habló también de creer.
No solamente decir que creemos.
Sino realmente confiar en Dios.
La enseñanza terminó acompañada de una alabanza:
“Si puedes creer, las montañas se moverán.”
Y después:
“Tu vida, Dios, cambiará; si puedes creer, su gloria verás.”
La idea era sencilla.
No sabemos cómo Dios va a resolver cada situación.
No sabemos cuándo llegará la respuesta.
No sabemos qué camino utilizará.
Pero podemos decidir confiar.
El Espíritu que llena
En otro momento de la tarde, la conversación pasó a hablar del Espíritu de Dios.
Cantamos:
“Espíritu de Dios, llena mi vida, llena mi alma, llena mi ser.”
Y continuamos:
“Lléname con tu presencia, lléname con tu poder, lléname con tu amor.”
Después recordamos que, así como en el principio el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas, ahora también puede moverse dentro de nosotros.
También cantamos:
“Jerusalén, qué bonita eres, calles de oro, mar de cristal...”
Y una frase quedó resonando:
“No puede estar triste un corazón que alaba a Dios.”
En medio de las dificultades, la alabanza también puede convertirse en una forma de recordar quién está con nosotros.
La verdadera riqueza
Otra de las enseñanzas fue aprender a distinguir entre lo que creemos necesitar y lo que realmente necesitamos.
Podemos tener dinero, propiedades o cosas materiales y aun así estar vacíos.
Incluso se planteó un ejemplo sencillo: si una persona tuviera un millón de dólares en medio de un desierto y otra tuviera solamente una botella de agua, ¿quién sería más rica en ese momento?
La respuesta es evidente.
El valor de las cosas cambia dependiendo de lo que realmente necesitamos.
Y entonces apareció otra enseñanza:
Dios es la verdadera fuente de vida.
Las cosas materiales son secundarias.
La familia es importante.
El trabajo es importante.
La responsabilidad también es importante.
Pero Dios debe ocupar el primer lugar.
Lo que Dios estaba haciendo en nosotros
Cuando terminó gran parte de la enseñanza, nos quedamos conversando.
Y fue entonces cuando empezamos a entender que aquella tarde había sido diferente.
Nosotros habíamos ido al parque pensando en evangelizar.
Pero también nosotros necesitábamos escuchar.
La conversación posterior fue muy importante para Jaime y para mí. Leonardo compartió experiencias, enseñanzas y reflexiones que nos ayudaron a mirar nuestras propias vidas de otra manera.
Uno de los comentarios que surgió fue que aquello había sido una verdadera “sacudida” para nosotros.
No habíamos recibido solamente una enseñanza para compartir con otras personas.
También habíamos sido confrontados nosotros mismos.
Y quizá eso también forma parte de ser SeamosLUZ.
No podemos pretender alumbrar a otros mientras nosotros mismos nos negamos a mirar aquello que Dios quiere cambiar en nosotros.
Poner a Dios primero
También reconocimos algo muy sencillo, pero muy importante.
Habíamos hecho un compromiso con Dios de estar allí.
Y, aunque terminamos llegando, durante la conversación reflexionamos sobre cómo fácilmente podemos ir recorriendo nuestros compromisos: primero una hora, después otra, después otra... hasta que finalmente dejamos de hacer aquello que habíamos prometido.
Por eso surgió una pregunta:
¿Qué compromisos estamos haciendo con Dios?
Las cosas secundarias pueden ocupar nuestro tiempo sin que nos demos cuenta.
Un teléfono.
El trabajo.
Los pendientes.
El cansancio.
Cualquier cosa.
Pero si Dios ocupa el primer lugar, entonces las demás cosas deben encontrar su lugar alrededor de Él.
Una tarde que también habló de nosotros
Para mí, aquella tarde tuvo además un significado personal.
En medio de las conversaciones sobre Dios, el trabajo, la familia y el futuro, recibí palabras que necesitaba escuchar.
Que Dios puede acomodar las cosas.
Que hay oportunidades que todavía pueden aparecer.
Que hay que hacer nuestra parte, trabajar y buscar, pero también confiar en Dios.
No se trata de esperar que todo aparezca mágicamente.
Se trata de caminar.
De esforzarse.
De buscar.
Y de confiar en que Dios puede abrir una puerta cuando todavía no podemos verla.
También recibí de Leonardo dinero para comprar unas cuerdas nuevas para mi guitarra.
Puede parecer un detalle pequeño.
Pero para mí representó mucho más.
Era la posibilidad de volver a tocar y cantar alabanzas durante nuestros encuentros.
Un nuevo comienzo.
Una manera sencilla de seguir participando en aquello que estábamos construyendo.
La presencia que permanece
Aquella tarde también hablamos de las pruebas.
De las aflicciones.
De los procesos que no siempre queremos atravesar.
Pero los procesos pueden enseñarnos.
Pueden fortalecernos.
Pueden mostrarnos qué hay realmente dentro de nosotros.
Y cuando todo lo demás se mueve, podemos quedarnos con aquello que realmente importa.
Como se dijo durante la conversación:
la presencia del Señor dentro de nosotros.
Eso fue parte de lo que nos llevamos aquella tarde.
No necesariamente una respuesta para cada problema.
Pero sí una dirección.
Seguir confiando.
Seguir buscando.
Seguir aprendiendo.
Seguir poniendo a Dios primero.
Fuimos a ser luz
La primera vez fuimos cinco.
Esta vez fuimos tres.
No hubo micrófono.
No hubo instrumentos.
No hubo una gran multitud reunida frente a nosotros.
Hubo voces.
Hubo alabanzas.
Hubo una Biblia.
Hubo una persona que pidió ayuda.
Hubo conversaciones.
Hubo enseñanza.
Y hubo una tarde en la que nosotros mismos fuimos confrontados por aquello que queríamos compartir con los demás.
Tal vez eso es parte de lo que significa ser luz.
No significa que ya tengamos todas las respuestas.
No significa que nunca tengamos problemas.
No significa que seamos mejores que los demás.
Significa estar dispuestos a buscar a Dios, aprender de Él y compartir lo que vamos recibiendo.
Porque mientras intentamos llevar una palabra a otros, Dios también puede usar ese mismo mensaje para hablarnos a nosotros.
Fuimos al Parque Obrera para compartir.
Pero terminamos recibiendo.
Fuimos a ser luz.
Y también fuimos alumbrados.
Tres servidores.
Una tarde.
Una misma misión.
Esta experiencia forma parte del ministerio SeamosLUZ, un grupo de hermanos que busca compartir la Palabra de Dios y llevar un mensaje de amor, esperanza y fe a nuestra comunidad.
Servimos como parte de la Iglesia Raíces, bajo la cobertura de nuestro pastor Héctor Bañaga.
Palabra que compartimos
Palabra de Dios
Juan 10:10
“Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.”
“Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie. Sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido”
Esta experiencia me recordó que Dios tiene el control, aun cuando yo no pueda ver el camino.
Fuimos al parque para compartir de Dios, pero también nosotros necesitábamos escuchar. Aprendí a confiar, a seguir haciendo mi parte y a dejar mis preocupaciones en Sus manos.
Me quedo con algo muy sencillo:
Fuimos a ser luz, pero también fuimos alumbrados.